Negacionismo de estado – 28 de agosto 2015

Muchas veces los aspectos más nefastos y autoritarios de un gobierno hay que buscarlos en lo que no dicen. El silencio, la autocensura, la negación de la realidad y el ocultamiento de la información real son mecanismos perversos que le quitan calidad institucional a la democracia. Y eso es lo que sistemáticamente viene haciendo el kirchnerismo en estos 12 años de gobierno. Es muy grande el daño que Néstor y Cristina produjeron en esta bendita Argentina. La inoculación del odio y la fractura social expuesta es sin duda la herencia más maldita que van a dejar. Pero la instalación del miedo a opinar y las mentiras sobre lo que pasa también hay que colocarlas en el podio de los dramas más terribles.
Le doy algunos ejemplos concretos. La última vergüenza ajena la produjeron los diputados y senadores del Frente para la Victoria. En una demostración más de que les vaciaron de contenido independiente sus convicciones y los redujeron a la servidumbre, ambos bloques legislativos del oficialismo se negaron a repudiar la feroz represión en Tucumán. Las balas de goma, los policías de inteligencia de civil, los gases lacrimógenos, los palazos sobre la cabeza de los manifestantes, las detenciones de personas arrastradas de los pelos no existieron. Esos fueron inventos de los medios o del imperialismo. Y lo dicen en serio aunque sea un infantilismo. Cristina dijo que los cacerolazos tienen la marca registrada de la CIA y Víctor Hugo Morales que es igual que Cristina pero con pantalones, aseguró sin que se le cayera a cara de vergüenza que semejantes movilizaciones históricas fueron organizadas por TN para buscar un par de muertos. A eso lo llamó crímenes mediáticos y alertó que el color rojo del logotipo del canal de noticias era un símbolo diabólico. ¿Qué les pasa? ¿El fanatismo los ciega? ¿El dinero los compra? ¿O se masturban ideológicamente unos a otros para darse satisfacción momentánea?
No hace falta citar a ningún dirigente opositor ni a ningún periodista independiente. Tanto Horacio Verbitsky como Juan Manuel Urtubey tuvieron la suficiente racionalidad como para reconocer lo que la negación de estado oculta.
El periodista militante y propagandista del gobierno criticó duramente al gobernador y a la policía de Tucumán por su salvajismo innecesario. Y el gobernador de Salta y operador de Daniel Scioli reconoció que era “lamentable” todo lo que había pasado y que la gestión de Juan Manzur “tiene una mancha en su legitimidad de origen”. Urtubey se atrevió a decir que “no se puede negar la realidad porque nos vamos a estrellar” y que es lo mismo que “hacerse trampa al solitario”.
Ese capricho por negar lo evidente aleja a las autoridades del ciudadano común. El pueblo no es tonto. Se le puede mentir durante un tiempo a una parte de la ciudadanía. Pero no se le puede mentir a todos durante todo el tiempo. Es increíble que Cristina no haya dicho una sola palabra sobre la represión y las movilizaciones en Tucumán. Se comporta como si esos tucumanos no hubieran existido. Los hace desaparecer de su cabeza. Los ningunea como ningunea todo tipo de situación negativa para su proyecto.
Estamos hablando de un plan sistemático. La inflación no existe para estos muchachos que no dudaron en dinamitar la credibilidad del INDEC para sostener sus estafas. Y lo hicieron a punta de pistola con la patota de Guillermo Moreno, aunque muchos no quieran acordarse de eso. La inseguridad es una sensación, dijo el lenguaraz preferido de Cristina. Aníbal Fernández batió todos los records de falsedad con esas palabras que lo instalaron en la historia del despropósito. Pero no conforme con eso, fue por más. Los soldados de Cristina como Aníbal y La Cámpora avanzan aunque adelante haya un precipicio. ¿Se acuerda cuando dijo que en Alemania había más pobres que en la Argentina? Fue el hazmerreir de mucha gente durante mucho tiempo. Ayer mismo dijo que las cifras de la pobreza infantil eran una operación política de Agustín Salvia, un prestigioso investigador al que descalificó porque fue “premiado por Macri”.
Todo esto es grave pero no es lo más grave. Lo verdaderamente escandaloso es que Martin Lanatta, ante la justicia y no ante la televisión, fue confirmando todo sobre la participación de Aníbal Fernández, (alias) “La Morsa” en el tráfico ilegal de efedrina y en un triple asesinato atroz. Se le viene la noche a Aníbal y a su jefa Cristina. Porque una cosa es negar la inflación, la pobreza, la inseguridad o la represión en Tucumán y otra muy distinta es mirar para otro lado cuando se lo acusa de narco y asesino. La justicia argentina si es justicia debería ponerse el casco y entrar en operaciones. Debería investigar a fondo lo más rápido posible y establecer la veracidad de estas denuncias. Para que Aníbal Fernández pueda limpiar su apellido y su honor o para que inmediatamente vaya preso de por vida. Traficar con la droga y el crimen organizado desde los más altos cargos del estado son delitos de gravedad institucional Son crímenes de lesa indignidad.
El antropólogo Didier Fassin define al negacionismo, como “una posición ideológica a través de la cual el sujeto reacciona sistemáticamente contra la realidad y la verdad”.
Eso es lo que estamos viviendo en las últimas imágenes del naufragio kirchnerista. El negacionismo de estado. Cristina ordena y el resto obedece. Verticalismo negador que es casi un suicidio político.

El milagro de la radio – 27 de agosto 2015

Hoy es un día histórico. La radio cumple 95 años. Y esta querida radio Mitre está cumpliendo 90. ¿Qué me cuenta? El tiempo pasa.
La radio es esa cultura de la Spica con olorcito a cuero para escuchar los goles en la oreja y monitorear a los relatores de la mano de mi viejo. O la Tonomac Platino Siete Mares que fue la primer internet que tenía dial en lugar de mouse y que nos permitía navegar por un mundo que nos devolvía interferencias y frituras en todos los idiomas. O ese suave calorcito que largaba la válvula por los parlantes de la radio Capilla de la abuela. O el walk man clavado en las orejas en pleno supermercado o el radio despertador que nos acribilla con la temperatura y en su momento con los hectopascales. ¿Se acuerda? O la que viaja en el auto y es compañía en la ruta o en laburo, o la que está en el living como si fuera la tele o en la cocina como si fuera el microondas o en el baño, ¿Por qué no? Mientras nos enjabonamos las noticias.
Hoy la radio es cada vez más un ícono en la red de redes que con un click en el real audio o en el celular te permite saber desde Lieja en Bélgica que calle está cortada y que semáforos no funcionan en el centro de Buenos Aires.
La primera vez que llevé a mi hijo a una radio miró medio aburrido para todos lados y con sabiduría infantil dijo: “Pá: esto no es una radio, esto es un edificio”. ¡Cuánta razón tenía Dieguito en aquella época¡¡¡
Hay algunos que confunden la radio con el lugar físico en donde funciona. Con estas paredes llenas de historia. Con estos micrófonos que no perdonan. Con esa luz roja que tanto temo y que tanto quiero, con aquella vidriera que nos muestra operador al Pepo Colodrero y a veces a Dana y tantos otros. Ellos nos lanzan luces de advertencia y nos dicen, ojo que venimos. Atrás hay otros compañeros que producen todo lo que va al aire. Allí está Mariana, Jazmín, Nacho, Andy y sus twiters y la mirada sabia de Marta Lamas.
¿Eso es la radio?
Algunas sillas, una mesa, la ceremonia del mate. ¿Eso es la radio? De ninguna manera, la radio no es un hecho inmobiliario.
Entonces, ¿Qué es la radio? La posibilidad de transmitir palabras y músicas a través de ondas hertzianas, micrófonos, ecualizadores, una consola de sonido, casseteras, compacteras, mini disc y compus que despachan publicidades grabadas, una antena gigantesca, híbridos y del otro lado un aparato más grande o más chico que recibe todo eso. Dígame la verdad, ¿Eso es la radio? De ninguna manera, la radio no es un hecho electrónico.
Y entonces, ¿Qué es la radio? ¿Porque se habla tanto de ella? ¿Por qué algunos tontos la tratan como una hermanita menor si tiene 95 años de vigencia absoluta a pesar de tanto cambio tecnológico, tanto mail, tanto tuit, celulares o cámaras HD? ¿Por qué sigue ocupando un lugar tan destacado, creíble e irremplazable? Ni el cine ni la tele ni la poderosa internet pudieron con la radio. Todo lo contrario, la radio se sirvió de todos ellos para llegar antes y mejor. Para ser más radio.
La radio es como la cigarra de María Elena Wash. Tantas veces la mataron, tantas desapareció, a su propio entierro fue y sin embargo esta aquí, resucitando.
Muchas veces la gente que visita la radio sale un poco desilusionada como mi hijo aquella primera vez. Seguramente espera ver decorados, tarimas, escenografías, telones, noticias viejas, risas nuevas, disfraces, dragones y hasta algún que otro mago. Pero no. No encuentra nada de eso. Solamente unas cuantas personas en el centro de una habitación hablándole con gestos y ademanes a un fierrito que no sabe, no contesta. Los que no hablan en ese momento hacen todo en cámara lenta y se mueven como si la gravedad no existiera. Parecen locos que caminan por la luna. Juegan a dígalo con mímica, escriben grande en los papeles los nombres muy famosos o muy desconocidos de los entrevistados y tratan de leer los portales en la notebook o sin que el papel haga ruido y se escape por el micrófono.
Evidentemente la radio no está allí. El edificio, la tecnología y las personas no alcanzan para hacer una radio. Muchos señores amantes de la razón pura creen que sí. Creen que con todo alcanza y sobra y se equivocan. Ni siquiera es televisión pero sin imagen. La radio se completa con la imaginación de ambos lados. Los que piensan así no tienen una radio. A lo sumo un gigantesco altoparlante, un altavoz que llega lejos. Eso tienen… pero de ninguna manera tienen una radio.
Para definir una radio es condición fundamental haber leído el principito para comprender que lo esencial es invisible a los ojos. Es el único lugar donde no hacer falta ver para creer. Desmiente ese dicho de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Acá es al revés. Si hay una verdadera radio, ojos que no ven, corazón que siente mucho. Por eso quien visita una radio no ve nada importante pero allí hay cosas importantes. Por eso la radio se escucha, pero sobre todo, se siente. La radio es esa carta pidiendo ayuda para una familia inundada que genera una catarata solidaria. Es esa convocatoria a la esperanza que hacemos con la buena noticia. ¿Usted ve la solidaridad y la esperanza? Por supuesto que no, pero la siente. La puede palpar y compartir. Igual que la alegría que desborda cuando nos equivocamos y nos tentamos o alguien nos cuenta que recibió esa ayuda y esa hermandad que pedimos al aire. Ese nudo en la garganta que se siente acá, ese cosquilleo en el pecho que mezcla las risas y el llanto, ¿Cómo se llama ese clima intangible? Radio, eso se llama radio.
La radio es esa señora que pide un bolero de aquella época porque es su aniversario de casamiento y quiere homenajear al hombre que la acompaña desde hace tantos años y le cocina un guisito de ternura, compra un vino especial y la mujer que al amor no se entrega no merece llamarse mujer. ¿Cómo se llama ese clima romántico? Radio, ese clima se llama radio.
Sin estas cosas usted tendrá muy buena información, o el coraje de una opinión jugada pero no tendrá radio. La radio es la que siempre llega primero, es la primera versión del periodismo que a su vez es la primera versión de la historia. Por eso la radio hace historia todos los días.
Sin esos climas, sin esos temblores, sin esas fantasías, usted tendrá algo honorable y muy útil tal vez, pero que no se llamará radio.
La radio es Cacho Fontana o Antonio Carrizo, Bravito o Badía. La radio es Mareco y el negro Víctor Brizuela y Fioravanti o el Gordo Muñoz. La radio es Pepe Eliaschev y Magdaena Ruiz Guiñazú o Marcelo Bonelli. La radio es Longobardi y Lanata. Nico Wiñasky y su viejo. Mi hijo Diego y María Isabel con Rolo, y Tato con Guido y las recetas de sabiduría del doctor Lopez Rosetti o Cormillot. La radio es Mitre informa primero y las gargantas de oro de Trichi y Marcelito Elorza. Las risas, los PNT y las campanitas de Natalia López, Marcela Labarca o Mariel Di Lenarda. Eso es la radio. Un equipo de radio, un verdadero dream team que me acompaña con Marcela Giorgi, Alejandra Gallo y Micky Balbiani. La radio es mi amigo Jorge Fernández Díaz sembrando literatura por las noches. La radio sube desde el pié y baja la escalera con Corda, Porta y Valeri.
La radio es el aire libre que todos respiramos. La radio es estar en el ring side de la vida como dice Magdalena Ruiz Guiñazú. Es un lugar de riesgo y audacia para caminar por el alambre. La radio es el teatro de la mente o el teatro sin imagen como me dijo ese genio del Negro Hugo Guerrero Martinheitz.
Un día como hoy hace 95 años nacía la radio en el teatro Coliseo de Buenos Aires con la música de Parsifal y los locos de la azotea.
A esta hora exactamente hay millones de aparatos encendidos buscando una radio, sintonizando un síntoma, un aroma, un color en las ondas. Cuando esos aparatos encuentran una radio difícilmente se vayan. La consideran un miembro más de su familia. La quieren y la insultan. Discuten con ella, la abrazan, piden temas musicales, piden que le pasen sus mensajes, protestan, elogian, piden soluciones que no tenemos, aportan ideas. La gente interactúa con la radio como con ningún otro medio. Van y vuelven. Pasan de receptores a emisores. De oyentes a auditores. Miran la radio conmovidos como quien mira la vida.
Fernando Bravo, uno de sus reinventores dijo que la radio es en vivo y en directo, va a domicilio, es gratis, no se suspende por mal tiempo y está atendida por sus propios dueños.
Cuando uno encuentra una radio se da cuenta de inmediato. Porque lo siente acá. En el pecho y sabe que es un lugar en el corazón y en el cerebro donde se cruzan la emoción, la imaginación y la solidaridad.
Eso es la radio. O por lo menos creo que en esa radio creo. En ese milagro cotidiano llamado radio.

Los indignados de Tucumán – 26 de agosto 2015

Tucumán se convirtió en un espejo de la Argentina partida. La provincia más dulce fue un trago amargo para los patrones del mal que la gobiernan. Tucumán apareció ante la vista de todos como el jardín de los senderos de la República que se bifurcan. De un lado quedó el ladrifeudalismo K y del otro las instituciones democráticas. De un lado el matrimonio Alperovich que quiso quedarse con todo a imagen y semejanza de los Kirchner. Del otro la reacción valiente de una parte del pueblo que salió a la calle en dos oportunidades para levantar la bandera de la libertad. De un lado el autoritarismo patotero y el nepotismo y del otro la espontaneidad de los indignados que desbordaron dos noches seguidas la plaza Independencia en la cuna de la Independencia nacional. A muchos tucumanos anónimos se les acabó la paciencia. Demostraron su hartazgo.
Es que el zar José Alperovich y la zarina Beatriz Rojkés no han dejado truchada por hacer. Manejaron con puño de hierro la provincia y sepultaron todas las voces disidentes. Prohibieron la venta de libros que denunciaban sus groserías y utilizaron el aparato de inteligencia de la policía, la tristemente célebre D2 para perseguir, hostigar, espiar y castigar a cualquiera que se atreviera a la más mínima disidencia. Redujeron a la servidumbre a muchos medios de comunicación pero no lograron acallar las críticas de los periodistas más valientes y corajudos. Alperovich simula ser progresista pero supo resucitar y asociarse a varios personajes nefastos que fueron colaboradores del general y dictador Antonio Domingo Bussi.
Don José y doña Betty quedarán en la historia por la impunidad con que se movieron y por las vacaciones fastuosas que se tomaron en el medio de los cacerolazos y las muertes por desnutrición que se filtraron pese a que Juan Manzur inventó un Indec macabro que malversó esos datos terribles. Daban vergüenza ajena ante tanta ostentación y obscenidad en el hotel más lujoso de Dubai y Abu Dhabi. No se privaron de nada. Ni de las fotografías arriba de los camellos, ni de habitaciones que cuestan entre 5 y 10 mil dólares ni de las odaliscas dignas de las Mil y una noches, o mejor dicho de Ali Baba y los 40 ladrones.
¿Ese es el modelo nacional y popular?¿Ese es un funcionario preocupado y ocupado por los problemas y los dramas de los tucumanos?
Una de los textos más bellos y profundos que leí sobre la patria le pertenece a Julia Prilutzky Farny, una poetisa ucraniana, naturalizada argentina. Dice así: “Allí donde partir es imposible/ donde permanecer es necesario/Donde nunca se está del todo solo / donde cualquier umbral es la morada/ Allí donde se quiere arar y dar un hijo/ Allí donde se quiere morir… allí está la patria”.
A estas horas, los tucumanos están peleando por la segunda Independencia. Quieren dejar atrás al ladrifeudalismo K y recuperar los valores patrióticos que flotan en el aire de Tucumán. Hablo de un país mejor, más justo, más igualitario, con menos pobres y desocupados y con más honradez y diálogo. Un país en el que solo queden afuera los corruptos y los golpistas. ¿Es tan difícil comprender lo simple? Millones de argentinos de buena voluntad quieren construir ese país. Con el respeto sagrado a la división de poderes para no pisotear la Constitución que es nuestra Biblia laica. Eso es independencia. No depender de nadie, no ser cliente de nadie y no dejarse extorsionar por nadie. Opinar con respeto absolutamente de todo, con independencia de criterios, sin tutelajes ni censuras y sin que te manden la AFIP o los servicios de inteligencia para castigarte.
Así de simple y de complejo.
Si queremos esa patria, se me ocurren tres compromisos básicos que debemos asumir.
1) Extirpar el cáncer de la intolerancia de nuestro cuerpo social antes que haga metástasis y se convierta en odio eterno. Comprender que la diversidad de miradas es un activo, que el pensamiento del otro nos hace mejores y que no es un enemigo el que piensa distinto
2) Ser solidarios hasta que duela, como decía la madre Teresa. Comprender que nuestro vecino es nuestro hermano, nuestro compañero de ruta, la persona con la que debemos edificar, codo a codo, un mejor barrio, una mejor ciudad y un mejor país que lata con orgullo en nuestro pecho. Ojo que no hablo de caridad, hablo de justicia social. De igualar las oportunidades educativas para lograr esa famosa movilidad social ascendente que nos hizo reconocidos en el mundo.
3) Pensar la patria no solo como padre. Como pertenencia. Una patria que no sirva como escudo de los fanáticos y mentirosos. A esos que dicen que hacer patria es matar a alguien. A esos que Dios y la Patria se lo demanden. Que sean expatriados y nunca repatriados. Yo no quiero la patria dividida en adjetivos ni en corporaciones. Que sea la patria de nuestros padres y la de nuestros hijos. Que los patriarcas nos ayuden. Que nos sostengan como lo vienen haciendo desde el origen de la patria en la casa tucumana de doña Francisca Bazán.
Hoy también deberíamos sembrar más ciudadanos patriotas para cosechar gobernantes más ciudadanos. Para lograr la patria que soñamos. Sin déspotas ni cadenas. Sin zares ni ladrones.